No soy un libro que cualquiera pueda abrir y leer por partes para luego no tenerme en cuenta.
Mis códigos de expresión se impregnan de imágenes demasiado arcaicas y de líneas proféticamente bellas.
Y así se van llenando de una extraña sensación de libertad
que poco a poco sin que apenas lo notes, recorta tus cadenas.
No hay discrepancias cuando sé que Dios se ha diluído en mí y puedo amarte sin saber tu nombre.
No hay discrepancias con esta sensación de plenitud,
que sin más, aflora como la trama en un tapiz,
cuando te recito con mi voz,
la voz legendaria de tus propios sueños.

No hay comentarios:
Publicar un comentario